SONATA GRAFICA ENTRE DOS
POR RAQUEL TIBOL
(Recordando con mucho afecto y admiración a Carlos García Estrada)
No estudiaron en la misma escuela; en la Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma José Castro Leñero (55 años de edad); en la Nacional de Pintura, Escultura y Grabado del Instituto Nacional de Bellas Artes Roberto Turnbull (50 de edad).
No tuvieron los mismos maestros. Coincidieron con sus trabajos en dos exposiciones internacionales: la VII Bienal de Grabado Latinoamericano y del Caribe de Puerto Rico en 1986, en la II Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica de la República Dominicana en 1994, y en este mismo año en la VII Bienal de Pintura Rufino Tamayo de México. Los dos practicaban la pintura, el dibujo, la gráfica, y ocasionalmente la escultura y las instalaciones. Sus estilos no se asemejan y tienen pocas coincidencias técnicas. Para la impresión de sus obras pocas veces acuden a los mismos talleres. Pero ambos solicitaron por separado al Museo Nacional de la Estampa exponer en esta institución; entonces el equipo museístico del MUNAE decidió presentarlos al mismo tiempo para que el público tuviera oportunidad de constatar dos vertientes de la rica producción gráfica en la actualidad mexicana, significada por una verdadera proliferación de esta práctica artística, así como de calificados talleres dedicados a ella por varios puntos del país: Ciudad de México, Guadalajara, Jalapa, Zacatecas, Pátzcuaro, Naucalpan… Tanto José como Roberto han acudido a diversos de ellos para beneficiarse de sus calidades específicas, ya sea para grabados en metal trabajados en placas de cobre, aluminio, zinc o acero (aguafuerte, aguatinta, barniz blando, mezzotinta, punta seca, fotograbado), xilografías, litografías en piedra o en plancha de zinc, serigrafías, monotipos con o sin plantillas en placa de vidrio o metálica, impresiones digitales con entintados texturados, gracias a los cuales se supera la no siempre agradable lisura de la superficie. El acudir a distintos talleres se debe muchas veces a la necesidad de utilizar prensas de mayor tamaño, o para obtener los beneficios de experimentados impresores que sabrán vigilar con eficacia el bon-a-tirer dado por el artista, es decir, el visto bueno para el tiraje cuyo número varia, no sólo en función de la durabilidad de la placa, sino para cerrar una edición limitada, aunque hoy por hoy, como ocurría en el pasado, no se clausura la placa, acción impuesta por el comercio de piezas artísticas. Subjetiva y objetivamente las imágenes de José y Roberto responden a universos diferentes: transfiguración de la realidad en el primero; un juego de azares metafóricos, lejos del surrealismo, en el segundo. Los dos están situados en terrenos correspondientes al post conceptual debido a que emocional y materialmente guardan una acentuada fidelidad a sus individualidades. En la producción de ambos se aprecian cercanías a lo abstracto, sin serlo ortodoxamente. También coinciden en una comunicación con el observador confiada de manera primordial a lo visible. La producción de Castro Leñero se basa en la transfiguración de múltiples elementos que conforman lo urbano: volúmenes fijos de edificios, columnas y otras construcciones y soportes; volúmenes de movimiento como personas, vehículos, animales y telas que cuelgan de ventanas y otras aberturas; más el viento que contagia su dinámica; todo ello modificado por luces diurnas y nocturnas que producen inquietos reflejos o vibraciones nunca encontrados fuera de las ciudades. ¿Cómo amalgamar tantas incitaciones pensando en ojos alertas a las más mínimas modificaciones? Aferrándose a composiciones que se alejan de lo real para privilegiar una sugerente y no repetida superposición de planos, frente a los cuales hay que aguzar la mirada para descubrir o desentrañar todos los sutiles detalles, ya se que la pieza gráfica se haya impreso con riqueza de colores o en un austero y no menos sensible blanco y negro. Es el de José un universo plástico que exige una severa y selectiva apropiación de los entornos. Quizás como un descanso a tales complejidades, José ha cultivado últimamente una serie de paisajes boscosos que admiten una percepción más simple y más accesible. Por su parte la obra de Turnbull transita entre el neoexpresionismo y un geometrismo que bordea la nueva abstracción o el minimal. También hay humor, hay angustia y combinaciones de formas regulares (cuadrados, ovoides, rectángulos, escuadras, espirales, círculos, con uso casual de redes y superposiciones) distribuidas casi siempre al azar, sin plan previo. Esta manera le permite reutilizar las placas, aunque con distribuciones, texturas y colores cambiantes, ya sea sobre fondo blanco o cromáticamente neutro debido a matizaciones muy suaves. Más recientemente Roberto se ha dedicado a inventar ondulaciones cercanas al art déco. Diseños elegantes que durarán en su agenda estética hasta que decida, como ya es su costumbre o un imperativo, cambiar nuevamente su decurso estilístico, donde de pronto aparece una escuela rural cobijada por esferas frutales y empalizadas semejantes a alambres de púas. Turnbull no se quiso privar de someter a examen sus recursos críticos en el abordaje de símbolos nacionales; con trazos silueteados cambia la solemnidad patriotera por burlas refinadas. No hay discurso, tan sólo insinuaciones con estilizadas referencias al águila, el nopal y la serpiente. También él, al igual que José, ha incursionado en el género del paisaje, tratando de rendir homenaje al Dr. Atl sin imitarlo, sólo tomando montañas y volcanes como un pretexto para simular un naturalismo. Con la producción Castro Leñero y Turnbull el MUNAE ofrece una propuesta novedosa.